El otro día, sentado esperando para entrar a un lugar, aburrido y pensando en cosas (sí, sólo cosas), me llegó una idea a la cabeza. Me puse a escribir.
Escribí un párrafo. Un dominicano, con otros cuatro extranjeros, en el Iguazú. Paré a leer el texto para luego intentar seguir escribiendo. Era horrible. Muchos detalles y un estilo demasiado marcado e influenciado (al menos eso mi ego quiere creer).
Al ver eso, de imediato me vino otra historia a la cabeza, una que sí terminé; porque seamos honestos, porque la otra tal vez sólo la termine por allá, por mis años de vejez, cuando los años me hayan hecho menos malo para escribir ficción (porque siempre escribiré) y cuando ya haya conocido el Iguazú.
Aquí va la otra historia:
Ensayo sobre el cinismo o El retrato de una conversación entre un par de cínicos.
"Me has hecho volver a escribir. No me gusta. No te detengas".
El portugués se quitó los grandes lentes de pasta, los
mantuvo con la mano derecha mientras la otra mano se la pasaba por la frente que expresaba su
preocupación. Miró a su compañero, quién también veía la misma escena que él
recién observó, se pasó la mano nuevamente por la frente y luego de un suspiro esbozó:
“le jodimos la vida a ése muchacho”. No lo dijo en su idioma natal, tampoco en
el de su interlocutor, sino en
castellano, porque así le plació, y donde se encontraban se puede hablar en la
lengua que uno quiera, porque igual, sin necesidad de intérprete, te van a entender.
De su parte, el irlandés, con todo el cinismo que siempre lo caracterizó, tomó su capa y la puso en su hombro, acomodó la flor en su ojal e hizo un gesto que, aun si expresar palabra alguna, denotaba un rotundo e inconfundible “no me importa”.




























